Dime la verdad.
¿Estás llevando la vida que quieres?
No la que toca. No la que los demás esperan. No la que parece bonita desde fuera.
La tuya.
La que tú quieres. Es más, la que tú quieres ahora. No la que elegiste en tu versión pasada, sino la que eliges hoy.
¿La estás viviendo?
Si la respuesta es no, quiero contarte la historia de Laura. Porque tal vez sea también la tuya.
La rutina que te está matando por dentro
Ella es Laura.
Una mujer de 38 años, dos hijos de 6 y 9, y una rutina que podría recitar con los ojos cerrados.
Se levanta a las 6:45. Prepara desayunos, uniformes, mochilas, su comida de ese día… Se toma el café de pie, en mitad de la cocina y por mucho que madrugue siempre acaba llegando justa al cole. Siempre.
Cuando deja a los niños en el cole, se va a trabajar. Tiene un trabajo que no le apasiona, pero se intenta consolar con «es lo que hay».
Atiende el teléfono, responde correos, come delante del ordenador, y de vez en cuando se acerca a la impresora a recoger documentos.
De camino a casa pasa por el supermercado, ordena la compra, prepara la merienda y recoge a los niños. Los lleva a las extraescolares, al parque y al llegar a casa con el ritual de duchas, cenas, peleas… Las de los niños por ver quién hace tal cosa antes, o porque uno ha mirado de más al otro, y la de ella, con Carlos, porque otro día más prefiere irse a jugar al pádel.
Es un buen padre. Eso no lo duda, pero no se implica en la crianza tanto como lo hace ella y está agotada de llevar tanta carga.
Hace meses que no la mira. Hace meses que ella ya no siente lo mismo por él.
Cuando aguantas por los hijos (pero te estás rompiendo tú)
Llevan juntos desde que Laura tenía 24 añitos y aunque hubo una época en la que fue feliz junto a él, desde hace años siente que están desconectados. Que se acabó el amor. Que lo que hacen juntos tan solo es por rutina.
Son las 22:37 y cuando por fin se sienta en el sofá en su cabeza no para de resonar la misma frase de siempre: «no puedo seguir así…» «no soy feliz»…
Llora desconsoladamente pero no sabe cómo salir del bucle. No quiere hacer daño a su pareja. Sigue aguantando por los hijos.
«No puedo romper la familia»
Y mientras tanto… es ella la que está rota.
Se da cuenta de que no ha respirado en todo el día. Ni una sola vez.
Ni un café a solas. Ni una risa verdadera.
Ni una conversación que no fuera una gestión.
Ni un beso sincero, ni una caricia.
Hace meses que siente que le falta algo.
O que le sobra todo.
Pero sigue. Porque toca seguir. Porque «es lo que hay». Porque la vida adulta es así, ¿no?
El día que Laura despertó
Hasta que un martes cualquiera, al dejar a los niños en el coche, alguien se salta un semáforo en rojo. Laura solo ve luces.
Y un segundo después, todo se apaga.
Tras 11 segundos inconsciente…
«¿Hola? ¿Señora? ¿Puede oírme?»
Está muy aturdida. No siente el cuerpo. No sabe si está bien, si es real o una pesadilla. Ella solo piensa en una cosa:
«¿Mis hijos? ¿Están bien mis hijos?»
«Tranquila, ibas sola en el coche.»
El coche quedó destrozado. Es un milagro que esté viva…
Ese podría haber sido su último día. Su última pelea en casa. Su último beso dado por rutina. Su última risa… falsa. Pero no fue así.
La vida le estaba dando una segunda oportunidad.
Qué pasa cuando casi lo pierdes todo
Y en medio de esa oscuridad interna, en lo primero que pensó fue en sus hijos.
No pensó en el curro. Ni en la hipoteca. Ni en lo que diría su madre.
Pensó en ellos. En su felicidad. En cómo les estaría afectando tener una madre que no fuera feliz. En cómo protegerles de todo sin renunciar a ella misma.
Pensó también en los abrazos no dados.
En los «te quiero» que se guardó y en los que dijo por costumbre. En las veces que se puso en último lugar. En las decisiones no tomadas.
Y justo en ese momento, algo en su interior hizo clic.
No puede seguir viviendo en pausa.
La vida está pasando y ella solo está sobreviviendo.
Ya no puede esperar a que algo cambie solo. A que sus problemas se solucionen por arte de magia. A que con suerte, algún día, el amor renazca. A que sus hijos crezcan…
A que alguien la salve.
El momento en que todo cambió
Despertó en el hospital con un collarín, moratones por todo el cuerpo y la certeza más rotunda de su vida:
Así no quería seguir.
Tres días después, le dieron de alta. Sus hijos dormían en casa de su madre.
Y ella, en vez de irse a casa, llamó a Carlos y le pidió que por favor la acercara al mar y la dejara un rato a solas.
En su sitio.
Ese que la vio crecer. Ese al que siempre recurre cuando necesita calma, respuestas o simplemente respirar.
Se quitó los zapatos.
Hundió los pies en la arena. Dejó que las olas rozaran sus minúsculos dedos y lloró.
Lloró en silencio.
Por primera vez en años… respiró de verdad.
Ese día no cambió el mundo.
Ese día cambió Laura.
No sabía qué iba a hacer.
Pero tenía claro todo lo que ya no quería hacer.
Y eso, a veces, es más que suficiente para empezar.
Y ahora dime tú
¿Vas a esperar a estrellarte?
¿A que tu cuerpo grite?
¿A que la vida te sacuda tan fuerte que no te deje otra opción que despertar?
O puedes hacerlo hoy.
Sin un accidente. Sin un susto. Sin perderlo todo para empezar a elegirte.
Porque lo que no decidas tú, lo decidirá la vida por ti. Créeme.
Y a veces… no será tan amable.
No hace falta tener todas las respuestas. No hace falta saber el cómo.
Solo hace falta una decisión: dejar de hacer como que no pasa nada.
Deja de actuar como si estuvieras bien.
Deja de fingir que aguantar es lo mismo que vivir.
Y empieza. Aunque no tengas ni puta idea de por dónde.
Tú solo empieza.
Si no sabes por dónde empezar, aquí me tienes
Si te sientes identificada con la historia de Laura, si llevas tiempo aguantando por los hijos pero por dentro estás rota, quiero que sepas algo:
Hay vida después del miedo.
Después del «no puedo».
Después del «no me lo merezco».
Y si tú no lo ves aún, yo te lo recuerdo:
Sí puedes. Sí mereces. Y sí es posible.


