No fue una gran conversación. No fue un consejo iluminador. Ni siquiera fue una crisis.
Fue un golpe sobre la mesa.
Literal o metafórico, da igual.
Fue ese momento en el que ya no podía más. El día en que, cansada de repetir patrones, de callar, de justificar, de entender a todo el mundo menos a mí… dije basta.
Cuando siempre has sido «la que lo aguanta todo»
«Basta»
Esa palabra me dolió y me hizo temblar por dentro, pero me devolvió la dignidad.
Yo no sé si tú has vivido eso ya. Si te has levantado alguna vez de una conversación, de una relación, de una situación donde solo te quedaba la opción de traicionarte o ponerte en pie.
Pero si no lo has vivido aún, déjame decirte algo que aprenderás entonces:
No hace falta tenerlo todo claro. Solo hace falta tener claro que así ya no.
Porque cuando decides dejar de justificar, de posponer, de tragarte las palabras para no incomodar a otros… algo dentro se recoloca.
Llamémoslo dignidad. Llamémoslo despertar.
Llamémoslo golpe sobre la mesa.
Por qué es tan difícil poner límites (y explotas en lugar de hablar)
Ese día no cambió el mundo. Cambié yo.
Cambió mi forma de estar. De hablar. De mirarme. Cambió el «me sabe mal» por el «me siento mal».
Empecé a hacer menos de lo que se esperaba de mí y más de lo que me hacía bien como mujer.
No fue inmediato. Me costó mucho llegar hasta ahí. Aquí donde me ves, una tía con carácter, «echá palante». Ay, querida, si yo te contara…
Venga va, te lo voy a contar.
Mi «fallo» —si es que podemos llamarlo así— siempre han sido las formas.
Una mujer impulsiva. Excesivamente emocional. Una bonita bomba.
Mi tendencia era callar, aguantar… Y al final, inevitablemente, explotar.
El patrón de la mujer que siempre calla
Siempre he confiado demasiado en los demás y demasiado poco en mí. He puesto más valor en lo que le pasaba al otro que en lo que me estaba pasando a mí. Vamos, tanto, que al final me acababa creyendo más su verdad que la mía propia.
Y claro, mejor callar que incomodar. Mejor no «decepcionar», no vaya a ser que por ello vaya a ser menos querida.
Heridas de infancia, ya lo sabes.
Decir no, o simplemente expresar mi punto de vista en un conflicto, nunca fue fácil para mí. Pero llega un momento en el que entiendes que ese golpe en la mesa no lo das para frenar al otro. El golpe en la mesa lo das para sostenerte tú. Para poner límites.
El día que entendí que poner límites no es egoísmo
Porque no es al mundo al que necesitas poner límites. Es a ti misma.
A esa parte de ti que ha aprendido a callar, a aguantar, a complacer, a tragarse las palabras.
Hasta que un día… ya no puedes más.
Y ese basta ya no suena a rabia, suena a liberación.
Y sí, poner límites al principio cuesta. Cuesta porque no estás acostumbrada, porque sientes culpa, porque tienes miedo a herir, a perder, a decepcionar, a dejar de ser querida…
A mí me costó mucho. Pero fíjate, ahora lo hago y ya casi ni me despeino.
Y como yo he podido, tú también puedes.
5 claves que me ayudaron a aprender a poner límites (sin sentirme culpable)
Así que hoy voy a compartirte algunos puntos clave que me ayudaron a validar mi voz, sin culpa y con verdad:
1. Entender que decir «no» no te hace egoísta
Decir no o expresar mi punto de vista no me hace egoísta. Me hace honesta. Me hace coherente. Me hace libre.
2. Pararme a escucharme antes de responder
No responder por impulso. Preguntarme primero: ¿realmente quiero esto?
Si la respuesta es «no sé», también es válido darme tiempo. El tiempo a la hora de responder o exponer tu opinión es crucial ante un conflicto.
Este punto a mí me ha costado mucho, pero he notado una gran mejoría en mi comunicación cuando supe decir «necesito reflexionar sobre esto antes de continuar».
3. Repetirme: priorizarme no es traicionar al otro
Si me digo «sí» a mí, no le estoy diciendo «no» al otro por maldad. Estoy priorizándome. Y eso también es amor.
4. Aceptar que poner límites puede resultar incómodo
Pero si alguien se aleja porque ya no cedo, quizás nunca estuvo tan cerca como yo creía.
5. Practicar delante del espejo (sí, en serio)
Literal. Me miraba y decía en voz alta frases que me costaban: «Hoy no puedo», «Esto no me hace bien», «No quiero seguir por ahí», «Esto no me está haciendo bien».
Hasta que empezaron a sonar naturales… y verdaderas. Y después empecé a ponerlas en práctica en el día a día.
Cómo decir las cosas sin que explote todo
Dar el golpe sobre la mesa con asertividad. La manera de decir las cosas es casi más importante que lo que decimos en sí.
Si nos equivocamos con las formas, el mensaje puede cambiar totalmente, así que da el golpe sobre la mesa, querida, pero cuida muy mucho cada palabra que lo acompaña.
Tu momento de dar el golpe sobre la mesa
No sé qué estás aguantando que ya no te cabe. Qué parte de ti pide a gritos un golpe sobre la mesa. Poner límites.
Lo que sí sé es que puedes cambiarlo todo, si lo deseas.
Tan solo tienes que dar un golpe sobre la mesa.
Y no te castigues por no haber sabido hacerlo antes. Ni te juzgues si aún te cuesta.
Estás aprendiendo a cuidarte, y eso es lo más valiente que puedes hacer por ti.


